La relación entre el coronavirus Covid-19 y el actual modelo agroeconómico
Por Rob Wallace, 17 de febrero de 2020
En el momento de redactar este artículo las autoridades chinas han informado de más de 72.000 infectados, con casos en casi todas las provincias y propagándose rápidamente desde su epicentro.
La caracterización parece estar apoyada por el modelo inicial.
El ritmo reproductivo básico del virus, una medida del número de nuevos casos de infección sin límite de susceptibilidad disponible, está llegando a una cifra del 3,11, lo cual significa que ante tal impulso las campañas de control debieran detener hasta el 75% de las nuevas infecciones para revertir el brote.
La caracterización parece estar apoyada por el modelo inicial.
El ritmo reproductivo básico del virus, una medida del número de nuevos casos de infección sin límite de susceptibilidad disponible, está llegando a una cifra del 3,11, lo cual significa que ante tal impulso las campañas de control debieran detener hasta el 75% de las nuevas infecciones para revertir el brote.
Las secuencias del genoma completo del virus muestran pocas diferencias entre las muestras recogidas en diferentes partes de China. Propagación más lenta para un virus de ARN de evolución tan rápida estaría marcado por mutaciones que se acumulan de un lugar a otro.
El coronavirus ya se ha extendido a otros países, tales como Australia, Francia, Hong Kong, Japón, Malasia, Nepal, Vietnam, Singapur, Corea del Sur, Taiwán, Tailandia y los Estados Unidos. Brotes locales están apareciendo en los países de la región.
Dado que la infección se caracteriza por una transmisión de persona a persona y en un aparente período de incubación de dos semanas antes de que la enfermedad se manifieste, es probable que la infección siga propagándose por todo el mundo. Si será en otras partes como en Wuhan es una pregunta de difícil contestación.
La penetración final del virus en todo el mundo dependerá de la diferencia entre la tasa de infección y la tasa de eliminación de infecciones, bien por recuperación o por muerte. Si la tasa de infección supera con creces la de eliminación, entonces la población total infectada puede acercarse al total de la humanidad. Sin embargo, ese resultado se puede ver caracterizado por una gran variación geográfica provocado por una combinación de causas de muerte y las diferencias en la forma en la que los países respondan ante este brote.
Los escépticos de las pandemias no están tan seguros de tal escenario. En el caso del coronavirus Covid-19 se han infectado y han muerto mucho menos pacientes que con la gripe estacional. Pero el error está en confundir el momento de inicio de un brote con la naturaleza esencialista de un virus.
Los brotes son dinámicos, y sí, algunos se extinguen, incluyendo tal vez el Covid-19, pero se necesita un desenlace evolutivo correcto y un poco de suerte. A veces no se acumulan suficientes huéspedes para mantener la transmisión. Otros brotes explotan. Los que entran en la escena mundial pueden cambiar el escenario, incluso si eventualmente desaparecen. Alteran las rutinas diarias incluso en un mundo que ya está demasiado revuelto o en guerra.
La mortandad potencial de cualquier cepa pandémica es la esencia del asunto, por supuesto.
Si el virus resultara menos infeccioso o mortal de lo que se pensó en un principio, la civilización continúa, a pesar de que muchas personas mueran. El brote de gripe H1N1 de 2009, que preocupó tanto hace una década, mostró al final ser menos virulento de lo que parecía en un principio. Pero esa cepa afectó a la población mundial y se llevó silenciosamente a muchos pacientes, en cantidades que superan con creces los actuales datos de seguimiento de la enfermedad. El virus H1N1 de 2009 mató a unas 579.000 personas en su primer año, produciendo complicaciones en quince veces más casos de los que se habían proyectado inicialmente en las pruebas de laboratorio.
El peligro se encuentra en los desplazamientos sin precedentes de la humanidad. El H1N1 cruzó el Pacífico en nueve días, superando en varios meses las predicciones de los modelos más sofisticados de la red mundial de viajes. Los datos de las aerolíneas muestran un aumento de diez veces de los viajes en China desde la epidemia de SARS.
En este marco de esa difusión generalizada, una baja tasa de mortalidad pero un gran número de infecciones causa un gran número de muertes. Si se infectasen 4.000 millones de personas y la tasa de mortalidad es de sólo el 2%, una tasa de mortalidad inferior a la mitad de la pandemia de gripe de 1918, morirían unos 80 millones de personas. Y a diferencia de la gripe estacional, no hay inmunidad grupal, ni vacuna que retarde el proceso. Incluso si se hace con rapidez se tardarán por lo menos tres meses en producir una vacuna para el Covid-19, asumiendo que sea eficaz. Los científicos desarrollaron con éxito una vacuna para la gripe aviar H5N2 sólo después de que el brote estadounidense ya se hubiese extinguido.
El parámetro epidemiológico crítico será la relación entre la infecciosidad y el momento en que los infectados muestran síntomas. En el caso del SARS y el MERS demostraron ser infecciosos sólo cuando ya aparecían los síntomas. Si esto fuese así en el caso del Covid-19, podríamos estar en una buena situación, considerándolo todo, incluso sin una vacuna ni antivirales disponibles, ya que se pueden poner en cuarentena a los enfermos que empiecen a mostrar síntomas, rompiendo de esta forma la cadena de transmisión, incluso con un sistema sanitario del siglo XIX.
Sin embargo, el pasado domingo, el ministro de salud de China, Ma Xiaowei sorprendió al anunciar que el Covid-19 se había mostrado infeccioso antes de que apareciesen síntomas en los pacientes. Es un cambio tan insólito que los epidemiólogos estadounidenses se han mostrado tan aireados que exigen los datos que muestren la nueva forma de infección. Los investigadores no pueden imaginar una evolución fuera de los arquetipos de salud pública. Si lo dicho es cierto para la nueva infección, entonces las autoridades sanitarias no podrán considerar la aparición de síntomas para identificar los nuevos casos activos.
Estas incógnitas, la fuente exacta de aparición del virus, su grado de penetración, los posibles tratamientos, explican por qué los epidemiólogos y las autoridades de salud pública están tan preocupados por el Covid-19, a diferencia de la gripe estacional, lo que hace temblar de incertidumbre a los profesionales.
Es la naturaleza de su trabajo el preocuparse, algo inherente en las probabilidades y errores sistémicos que acompañan al oficio. El hecho de no estar preparados para un brote que resulta mortal excede con mucho a la vergüenza de prepararse para un brote que no está a la altura de la publicidad que se le da. Pero en esta época en la que se celebra la austeridad, pocas jurisdicciones quieren pagar por un desastre que no tiene ninguna garantía, cualesquiera que sean los beneficios de las medidas de precaución, o en el otro extremo, las enormes pérdidas asociadas a una mala actuación.
De todos modos, la elección de cómo responder no suele estar en manos de los epidemiólogos. Son las autoridades nacionales las que toman estas decisiones, haciendo malabarismos con múltiples y a menudo programas contradictorios.
Mientras que las autoridades se enzarzan en saber qué hacer, el desarrollo de la infección puede comprometer repentinamente la velocidad de escape. Como ha demostrado el propio Covid-19, de pasar de un mercado de alimentos a la escena mundial en el plazo de un mes, las cifras pueden aumentar tanto y tan rápido que los mejores esfuerzos de los epidemiólogos reciban sobre el terreno un golpe letal por la fuerza de los hechos.
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La producción industrial de aves de corral y las cepas mortales de la gripe aviar H5Nx
Los orígenes agroeconómicos del brote de Ébola
Mis reacciones viscerales ante el desarrollo de la enfermedad han pasado de la preocupación, a la decepción y la impaciencia.
Soy un biólogo evolutivo y un filogeógrafo de la salud pública que ha trabajado distintos aspectos de estas nuevas pandemias durante veinticinco años, es decir, durante gran parte de mi vida profesional. He tratado de lograr cada vez una mayor comprensión de estos patógenos, desde las secuencias genéticas en mis estudios iniciales hasta la geografía económica del uso de la tierra, la economía política de la agricultura mundial y la epistemología de la ciencia.
La claridad a veces puede ofuscar el pensamiento. En los medios de comunicación que utilizo no dejaban de preguntarme sobre el Covid-19 y mi respuesta más inmediata rayaba entre el agotamiento y el desánimo. ¿Qué quieren que les diga? ¿Qué quieren que haga al respecto?
Al dar consejos personales y profesionales a amigos y colegas que legítimamente están preocupados, tomé algunas decisiones equivocadas. A la pregunta de un amigo que es ganadero sobre si podía viajar al extranjero sin riesgos, le aconsejé que utilizara una mascarilla de cirujano, que se lavase las manos antes de cada comida, y que dejara de joder al ganado. El humor ácido me ayuda a superar el estrés, pero decirle que dejara de joder al ganado me parece que se salía completamente de tono. No me deja en buen sitio, luego me disculpé, y se reía más tarde de esta ocurrencia.
Es un riesgo laboral. Está ese temor existencial que surge de la inercia política de los epidemiólogos al enfrentarse ante una pandemia que parece irresistible y que la gente parece no tener en demasiada consideración hasta que ya es demasiado tarde.
Si Covid-19 es en efecto el Gran Bicho, y aún no está claro que este sea el caso, no hay casi nada que podamos hacer en este momento. Todo lo que podemos hacer es asegurar las infraestructuras de la salud pública y esperar a que el virus mate sólo a una pequeña parte de la población mundial en lugar de al 90%.
Está claro que la humanidad no debería empezar a reaccionar cuando la epidemia ya está en marcha, lo cual supone el abandono total de cualquier concepción progresista desde el punto de vista teórico y práctico. En todo el mundo los dirigentes y sus doctos seguidores se identifican como Prometeos.
Como hace siete años ya escribí:
“Espero que pase mucho tiempo antes de que tenga que abordar otro brote de gripe humana y que no sea de forma imprevista. Aunque se trata de una reacción visceral comprensible, preocuparse por este asunto ahora es algo precipitado. El bicho, cualquiera que fuese su punto de origen, hace tiempo que abandonó el granero, literalmente”.
En este siglo ya se han dado nuevas cepas de la peste porcina africana, Campylobacter, Cryptosporidium, Cyclospora, Ébola, E. coli O157:H7, fiebre aftosa, hepatitis E, Listeria, virus Nipah, fiebre Q, Salmonella, Vibrio, Yersinia, Zika, y otras variedades novedosas de la gripe A, entre las que hay diversas variantes: H1N1 (2009), H1N2v, H3N2v, H5N1, H5N2, H5Nx, H6N1, H7N1, H7N3, H7N7, H7N9 y H9N2.
Y realmente poco se hizo en estos casos. Las autoridades dieron un suspiro de alivio cuando vieron que remitían, cada una de ellas, e inmediatamente después se lanzaban a echar a suertes el dado epidemiológico, arriesgando de esta forma la posibilidad de que se dieran otros episodios de extremada virulencia y transmisibilidad. Esto se trata más bien de una falta de previsión, pero por más necesario que sean, las intervenciones de emergencia que tratan de limpiar estos desórdenes pueden empeorar las cosas.
El coronavirus ya se ha extendido a otros países, tales como Australia, Francia, Hong Kong, Japón, Malasia, Nepal, Vietnam, Singapur, Corea del Sur, Taiwán, Tailandia y los Estados Unidos. Brotes locales están apareciendo en los países de la región.
Dado que la infección se caracteriza por una transmisión de persona a persona y en un aparente período de incubación de dos semanas antes de que la enfermedad se manifieste, es probable que la infección siga propagándose por todo el mundo. Si será en otras partes como en Wuhan es una pregunta de difícil contestación.
La penetración final del virus en todo el mundo dependerá de la diferencia entre la tasa de infección y la tasa de eliminación de infecciones, bien por recuperación o por muerte. Si la tasa de infección supera con creces la de eliminación, entonces la población total infectada puede acercarse al total de la humanidad. Sin embargo, ese resultado se puede ver caracterizado por una gran variación geográfica provocado por una combinación de causas de muerte y las diferencias en la forma en la que los países respondan ante este brote.
Los escépticos de las pandemias no están tan seguros de tal escenario. En el caso del coronavirus Covid-19 se han infectado y han muerto mucho menos pacientes que con la gripe estacional. Pero el error está en confundir el momento de inicio de un brote con la naturaleza esencialista de un virus.
Los brotes son dinámicos, y sí, algunos se extinguen, incluyendo tal vez el Covid-19, pero se necesita un desenlace evolutivo correcto y un poco de suerte. A veces no se acumulan suficientes huéspedes para mantener la transmisión. Otros brotes explotan. Los que entran en la escena mundial pueden cambiar el escenario, incluso si eventualmente desaparecen. Alteran las rutinas diarias incluso en un mundo que ya está demasiado revuelto o en guerra.
La mortandad potencial de cualquier cepa pandémica es la esencia del asunto, por supuesto.
Si el virus resultara menos infeccioso o mortal de lo que se pensó en un principio, la civilización continúa, a pesar de que muchas personas mueran. El brote de gripe H1N1 de 2009, que preocupó tanto hace una década, mostró al final ser menos virulento de lo que parecía en un principio. Pero esa cepa afectó a la población mundial y se llevó silenciosamente a muchos pacientes, en cantidades que superan con creces los actuales datos de seguimiento de la enfermedad. El virus H1N1 de 2009 mató a unas 579.000 personas en su primer año, produciendo complicaciones en quince veces más casos de los que se habían proyectado inicialmente en las pruebas de laboratorio.
El peligro se encuentra en los desplazamientos sin precedentes de la humanidad. El H1N1 cruzó el Pacífico en nueve días, superando en varios meses las predicciones de los modelos más sofisticados de la red mundial de viajes. Los datos de las aerolíneas muestran un aumento de diez veces de los viajes en China desde la epidemia de SARS.
En este marco de esa difusión generalizada, una baja tasa de mortalidad pero un gran número de infecciones causa un gran número de muertes. Si se infectasen 4.000 millones de personas y la tasa de mortalidad es de sólo el 2%, una tasa de mortalidad inferior a la mitad de la pandemia de gripe de 1918, morirían unos 80 millones de personas. Y a diferencia de la gripe estacional, no hay inmunidad grupal, ni vacuna que retarde el proceso. Incluso si se hace con rapidez se tardarán por lo menos tres meses en producir una vacuna para el Covid-19, asumiendo que sea eficaz. Los científicos desarrollaron con éxito una vacuna para la gripe aviar H5N2 sólo después de que el brote estadounidense ya se hubiese extinguido.
El parámetro epidemiológico crítico será la relación entre la infecciosidad y el momento en que los infectados muestran síntomas. En el caso del SARS y el MERS demostraron ser infecciosos sólo cuando ya aparecían los síntomas. Si esto fuese así en el caso del Covid-19, podríamos estar en una buena situación, considerándolo todo, incluso sin una vacuna ni antivirales disponibles, ya que se pueden poner en cuarentena a los enfermos que empiecen a mostrar síntomas, rompiendo de esta forma la cadena de transmisión, incluso con un sistema sanitario del siglo XIX.
Sin embargo, el pasado domingo, el ministro de salud de China, Ma Xiaowei sorprendió al anunciar que el Covid-19 se había mostrado infeccioso antes de que apareciesen síntomas en los pacientes. Es un cambio tan insólito que los epidemiólogos estadounidenses se han mostrado tan aireados que exigen los datos que muestren la nueva forma de infección. Los investigadores no pueden imaginar una evolución fuera de los arquetipos de salud pública. Si lo dicho es cierto para la nueva infección, entonces las autoridades sanitarias no podrán considerar la aparición de síntomas para identificar los nuevos casos activos.
Estas incógnitas, la fuente exacta de aparición del virus, su grado de penetración, los posibles tratamientos, explican por qué los epidemiólogos y las autoridades de salud pública están tan preocupados por el Covid-19, a diferencia de la gripe estacional, lo que hace temblar de incertidumbre a los profesionales.
Es la naturaleza de su trabajo el preocuparse, algo inherente en las probabilidades y errores sistémicos que acompañan al oficio. El hecho de no estar preparados para un brote que resulta mortal excede con mucho a la vergüenza de prepararse para un brote que no está a la altura de la publicidad que se le da. Pero en esta época en la que se celebra la austeridad, pocas jurisdicciones quieren pagar por un desastre que no tiene ninguna garantía, cualesquiera que sean los beneficios de las medidas de precaución, o en el otro extremo, las enormes pérdidas asociadas a una mala actuación.
De todos modos, la elección de cómo responder no suele estar en manos de los epidemiólogos. Son las autoridades nacionales las que toman estas decisiones, haciendo malabarismos con múltiples y a menudo programas contradictorios.
Mientras que las autoridades se enzarzan en saber qué hacer, el desarrollo de la infección puede comprometer repentinamente la velocidad de escape. Como ha demostrado el propio Covid-19, de pasar de un mercado de alimentos a la escena mundial en el plazo de un mes, las cifras pueden aumentar tanto y tan rápido que los mejores esfuerzos de los epidemiólogos reciban sobre el terreno un golpe letal por la fuerza de los hechos.
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La producción industrial de aves de corral y las cepas mortales de la gripe aviar H5Nx
Los orígenes agroeconómicos del brote de Ébola
Mis reacciones viscerales ante el desarrollo de la enfermedad han pasado de la preocupación, a la decepción y la impaciencia.
Soy un biólogo evolutivo y un filogeógrafo de la salud pública que ha trabajado distintos aspectos de estas nuevas pandemias durante veinticinco años, es decir, durante gran parte de mi vida profesional. He tratado de lograr cada vez una mayor comprensión de estos patógenos, desde las secuencias genéticas en mis estudios iniciales hasta la geografía económica del uso de la tierra, la economía política de la agricultura mundial y la epistemología de la ciencia.
La claridad a veces puede ofuscar el pensamiento. En los medios de comunicación que utilizo no dejaban de preguntarme sobre el Covid-19 y mi respuesta más inmediata rayaba entre el agotamiento y el desánimo. ¿Qué quieren que les diga? ¿Qué quieren que haga al respecto?
Al dar consejos personales y profesionales a amigos y colegas que legítimamente están preocupados, tomé algunas decisiones equivocadas. A la pregunta de un amigo que es ganadero sobre si podía viajar al extranjero sin riesgos, le aconsejé que utilizara una mascarilla de cirujano, que se lavase las manos antes de cada comida, y que dejara de joder al ganado. El humor ácido me ayuda a superar el estrés, pero decirle que dejara de joder al ganado me parece que se salía completamente de tono. No me deja en buen sitio, luego me disculpé, y se reía más tarde de esta ocurrencia.
Es un riesgo laboral. Está ese temor existencial que surge de la inercia política de los epidemiólogos al enfrentarse ante una pandemia que parece irresistible y que la gente parece no tener en demasiada consideración hasta que ya es demasiado tarde.
Si Covid-19 es en efecto el Gran Bicho, y aún no está claro que este sea el caso, no hay casi nada que podamos hacer en este momento. Todo lo que podemos hacer es asegurar las infraestructuras de la salud pública y esperar a que el virus mate sólo a una pequeña parte de la población mundial en lugar de al 90%.
Está claro que la humanidad no debería empezar a reaccionar cuando la epidemia ya está en marcha, lo cual supone el abandono total de cualquier concepción progresista desde el punto de vista teórico y práctico. En todo el mundo los dirigentes y sus doctos seguidores se identifican como Prometeos.
Como hace siete años ya escribí:
“Espero que pase mucho tiempo antes de que tenga que abordar otro brote de gripe humana y que no sea de forma imprevista. Aunque se trata de una reacción visceral comprensible, preocuparse por este asunto ahora es algo precipitado. El bicho, cualquiera que fuese su punto de origen, hace tiempo que abandonó el granero, literalmente”.
En este siglo ya se han dado nuevas cepas de la peste porcina africana, Campylobacter, Cryptosporidium, Cyclospora, Ébola, E. coli O157:H7, fiebre aftosa, hepatitis E, Listeria, virus Nipah, fiebre Q, Salmonella, Vibrio, Yersinia, Zika, y otras variedades novedosas de la gripe A, entre las que hay diversas variantes: H1N1 (2009), H1N2v, H3N2v, H5N1, H5N2, H5Nx, H6N1, H7N1, H7N3, H7N7, H7N9 y H9N2.
Y realmente poco se hizo en estos casos. Las autoridades dieron un suspiro de alivio cuando vieron que remitían, cada una de ellas, e inmediatamente después se lanzaban a echar a suertes el dado epidemiológico, arriesgando de esta forma la posibilidad de que se dieran otros episodios de extremada virulencia y transmisibilidad. Esto se trata más bien de una falta de previsión, pero por más necesario que sean, las intervenciones de emergencia que tratan de limpiar estos desórdenes pueden empeorar las cosas.
Verán, las distintas intervenciones compiten entre sí. Y como mis colegas y yo argumentamos, los criterios a seguir en los casos de emergencia se despliegan como imposiciones en la hegemonía gramsciana para así evitar hablar de intervenciones estructurales en torno al poder y la producción. Porque, no sé si lo saben, estamos advertidos, ¡nos encontramos en una emergencia ahora mismo!
En este juego de mantenerse a distancia, el fracaso de no abordar los problemas estructurales, es lo que puede hacer que estas intervenciones de emergencia sean ineficaces. El umbral de Allee, en el que las medidas profilácticas y las cuarentenas tratan de reducir las poblaciones de patógenos de modo que las infecciones puedan extinguirse por sí solas al no encontrar sujetos susceptibles de infectar, se determina por causas estructurales.
Como escribimos sobre el brote de Ébola en África Occidental:
“La mercatilización de los recursos del bosque puede haber reducido el umbral ecosistémico de la región hasta tal punto que ninguna intervención de emergencia puede hacer que el brote de Évola se reduzca lo suficiente como para extinguirse. Los nuevos episodios de brotes indican que hay fuerzas que pueden dar lugar a infecciones mucho mayores. En el otro extremo de la epicurva sigue circulando un brote ya consolidado, con la posibilidad de rebotes intermitentes.
En este juego de mantenerse a distancia, el fracaso de no abordar los problemas estructurales, es lo que puede hacer que estas intervenciones de emergencia sean ineficaces. El umbral de Allee, en el que las medidas profilácticas y las cuarentenas tratan de reducir las poblaciones de patógenos de modo que las infecciones puedan extinguirse por sí solas al no encontrar sujetos susceptibles de infectar, se determina por causas estructurales.
Como escribimos sobre el brote de Ébola en África Occidental:
“La mercatilización de los recursos del bosque puede haber reducido el umbral ecosistémico de la región hasta tal punto que ninguna intervención de emergencia puede hacer que el brote de Évola se reduzca lo suficiente como para extinguirse. Los nuevos episodios de brotes indican que hay fuerzas que pueden dar lugar a infecciones mucho mayores. En el otro extremo de la epicurva sigue circulando un brote ya consolidado, con la posibilidad de rebotes intermitentes.
En resumen, los cambios estructurales provocados por el neoliberalismo no están sólo como un fondo sobre el que surge la emergencia del Ébola. Los cambios están en la raíz de tal emergencia, como el virus mismo… La deforestación y la agricultura intensiva pueden eliminar la resistencia estocástica de la agricultura tradicional, que hasta ese momento había impedido que el virus pudiera avanzar en la cadena de transmisión”.
A pesar de que ahora contamos con una vacuna eficaz y con antivirales, el Ébola está experimentando el brote más prolongado que se ha registrado en la República Democrática del Congo. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde se encuentra ahora nuestro Dios biomédico? Culpar a los congoleños de ocultar este fracaso no deja de ser un ejercicio de pensamiento colonial, un lavado de manos del imperialismo tras décadas de ajuste estructural y un cambio de régimen a favor del Norte global.
Decir que no hay nada que podamos hacer no es correcto del todo, sin embargo seguimos reaccionando sólo cuando se produce un nuevo ataque de la enfermedad y ésta vemos que sigue en pie.
En cualquier localidad se puede llevar a cabo un programa de izquierdas que incluya la organización de brigadas vecinales de ayuda mutua, que cualquier vacuna y antivirales que se hayan desarrollado estén disponibles y sin coste algunos para todas las personas de aquí y en el exterior, copiando antivirales y suministros médicos y asegurando el desempleo y la cobertura médica mientras dure el brote y la economía quede estancada.
Pero esta forma de pensar y organizarse, que forma parte integral del legado de la izquierda, parece haber dejado el espacio para configuraciones más performativas ( y discursivas) en línea.
La inclinación reaccionaria en la lucha contra las enfermedades desde la izquierda y la derecha me ha llevado desde entonces a colaborar con los esfuerzos de la agricultura anticapitalista y de conservación. Extingamos los brotes que no podamos manejar para no emerjan de nuevo. En este momento de mi carrera profesional, con el ritmo acelerado de las emergencias, generalmente sólo escribo sobre enfermedades infecciosas de una manera marginal.
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Las causas estructurales de las enfermedades ya son de por sí un motivo de debate. Todavía no se ha respondido a la cuestión del origen del virus Covid-19. Se ha hablado mucho de un mercado particular de alimentos exóticos de Wuhan, haciendo hincapié en las extrañas dietas desagradables a los ojos occidentales, que representan tanto el fin de la biodiversidad que la misma civilización occidental está destruyendo, como una fuente de posibles enfermedades peligrosas:
“Un mercado típico de China tiene frutas y verduras, carne de vacuno, de cerdo y cordero, pollos enteros desplumados, con sus cabezas y picos, cangrejos y peces vivos, que salpican agua del tanque donde se almacenan. Algunos venden productos más inusuales, tales como serpientes, tortugas y cigarras vivas, conejillos de indias, ratas del bambú, tejones, erizos, nutrias, civetas de las palmeras, e incluso cachorros de lobo”.
A pesar de que ahora contamos con una vacuna eficaz y con antivirales, el Ébola está experimentando el brote más prolongado que se ha registrado en la República Democrática del Congo. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde se encuentra ahora nuestro Dios biomédico? Culpar a los congoleños de ocultar este fracaso no deja de ser un ejercicio de pensamiento colonial, un lavado de manos del imperialismo tras décadas de ajuste estructural y un cambio de régimen a favor del Norte global.
“...La deforestación y la agricultura intensiva
pueden eliminar la resistencia estocástica de la agricultura tradicional,
que hasta ese momento había impedido que el virus
pudiera avanzar en la cadena de transmisión”.
Decir que no hay nada que podamos hacer no es correcto del todo, sin embargo seguimos reaccionando sólo cuando se produce un nuevo ataque de la enfermedad y ésta vemos que sigue en pie.
En cualquier localidad se puede llevar a cabo un programa de izquierdas que incluya la organización de brigadas vecinales de ayuda mutua, que cualquier vacuna y antivirales que se hayan desarrollado estén disponibles y sin coste algunos para todas las personas de aquí y en el exterior, copiando antivirales y suministros médicos y asegurando el desempleo y la cobertura médica mientras dure el brote y la economía quede estancada.
Pero esta forma de pensar y organizarse, que forma parte integral del legado de la izquierda, parece haber dejado el espacio para configuraciones más performativas ( y discursivas) en línea.
La inclinación reaccionaria en la lucha contra las enfermedades desde la izquierda y la derecha me ha llevado desde entonces a colaborar con los esfuerzos de la agricultura anticapitalista y de conservación. Extingamos los brotes que no podamos manejar para no emerjan de nuevo. En este momento de mi carrera profesional, con el ritmo acelerado de las emergencias, generalmente sólo escribo sobre enfermedades infecciosas de una manera marginal.
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Las causas estructurales de las enfermedades ya son de por sí un motivo de debate. Todavía no se ha respondido a la cuestión del origen del virus Covid-19. Se ha hablado mucho de un mercado particular de alimentos exóticos de Wuhan, haciendo hincapié en las extrañas dietas desagradables a los ojos occidentales, que representan tanto el fin de la biodiversidad que la misma civilización occidental está destruyendo, como una fuente de posibles enfermedades peligrosas:
“Un mercado típico de China tiene frutas y verduras, carne de vacuno, de cerdo y cordero, pollos enteros desplumados, con sus cabezas y picos, cangrejos y peces vivos, que salpican agua del tanque donde se almacenan. Algunos venden productos más inusuales, tales como serpientes, tortugas y cigarras vivas, conejillos de indias, ratas del bambú, tejones, erizos, nutrias, civetas de las palmeras, e incluso cachorros de lobo”.
Al citar a las serpientes se esgrimen tanto como significado como significante, una fuente de virus como Covid-19, pero también se hace referencia a un paraíso perdido y un pecado original que surgió de las fauces de una serpiente.
Hay evidencias epidemiológicas a favor de esta hipótesis: treinta y tres de las 585 muestras recogidas en el mercado de Wuhan dieron positivo para el virus Covid-19, 31 de las cuales se concentraban en el extremo oeste donde se comercia con especies silvestres.
Por otro lado, sólo el 41% de estas muestras positivas se encontraron en los pasillos del mercado donde se venden las especies silvestres. Una cuarta parte de los primeros infectados nunca habían visitado el mercado de Wuhan o se les consideró como directamente expuestos. El primer caso fue identificado antes de que el mercado fuese marcado como origen de la infección. Algunos de los comerciantes infectados sólo venden carne de cerdo, una especie que expresa un receptor molecular vulnerable, lo que llevó a que un equipo formulase la hipótesis de que el cerdo podía ser la fuente del nuevo coronavirus.
En cuanto a la peste porcina africana, que supuso el sacrificio de la mitad de los cerdos de China el año pasado, esta última hipótesis supondría un gran fracaso. No son desconocidas tales convergencias entre las enfermedades, incluso dándose el caso de un reactivación recíproca íntima, en la que las proteínas de cada patógeno se catalizan mutuamente, facilitando nuevas vías de contagio y transmisión para ambas enfermedades.
Al mismo tiempo, la sinofobia occidental no exime al sistema de salud pública de China. Ciertamente se ha producido críticas y sentimientos de decepción entre los ciudadanos chinos por la lenta reacción de las autoridades locales y federales ante la infección, pero que no puede ser motivo para instrumentalizar la xenofobia. Y en nuestros esfuerzos para mantenernos fuera de esta trampa, también estamos perdiendo la perspectiva de una crítica agroecológica.
Dejando de lado la guerra cultural, los mercados húmedos y los alimentos exóticos son algo básico en China, como lo es ahora la producción industrial, yuxtapuestos lo uno a lo otro desde la liberalización de la economía en la época post-Mao. De hecho, los dos modos de alimentación pueden integrarse mediante el aprovechamiento de la tierra.
La expansión industrial puede ahondar en una cada mayor explotación de los espacios primarios, extrayendo una mayor variedad de patógenos especialmente propensos a generar pandemias. Las áreas periurbanas en creciente expansión y el aumento de la densidad de población pueden aumentar la interacción entre las poblaciones silvestres y unos espacios rurales recientemente urbanizados.
En todo el mundo, incluso las especies más salvajes están siendo introducidas en las cadenas de comercialización de la agroindustria: entre ellas se encuentran las avestruces, los puerco espines, los cocodrilos, los murciélagos frugívoros y la civeta de las palmeras, cuyas bayas parcialmente digeridas ahora suministran los granos de café más caros del mundo. Algunas especies silvestres están siendo consumidas incluso antes de que sean identificadas científicamente, incluyendo un nuevo cazón de nariz corta que se ha encontrado en un mercado de Taiwán.
Todas ellas son tratadas cada vez más como productos alimenticios. A medida que la naturaleza es despojada de sus espacios, de especie por especie, lo que queda se vuelve mucho más valioso.
El antropólogo weberiano Lyle Fearnley dijo que los agricultores de China manejan la distinción entre lo silvestre y lo domesticado como un significante de carácter económico, produciendo así nuevos significados y valores vinculados con sus animales, incluso en respuesta a las mismas alertas epidemiológicas que se relacionan con su comercio. Un marxista podría olvidar el hecho de que estos significantes surgen en un contexto que se extiende mucho más allá del control de los pequeños agricultores y se extiende a los circuitos mundiales de capital. Por lo tanto, aunque la distinción entre las granjas industriales y los mercados húmedos no carece de importancia, no debemos de olvidar sus similitudes (y relaciones dialécticas).
Las distinciones se complementan con otros mecanismos. Muchos pequeños avicultores de todo el mundo, incluidos los de China, son en realidad contratados que crían aves de corral en muy poco tiempo para formar parte de los procesos de elaboración industrial. Así que los animales de las pequeñas explotaciones de estos asalariados que pueden encontrarse cerca del borde de un bosque pueden contraer un patógeno antes de ser enviados a la planta de elaboración que se encuentra en la zona periurbana de una gran ciudad.
La expansión de las granjas industriales, que pertenecen cada vez más a grandes corporaciones, puede obligar a adentrarse más en el bosque, aumentando las probabilidades de entrar en contacto con un nuevo patógeno, reduciendo al mismo tiempo la complejidad ambiental con la que los bosques interrumpen las cadenas de transmisión.
El capital convierte en armas los resultados de las investigaciones sobre las enfermedades. Culpar ahora a los pequeños agricultores y ganaderos es una práctica muy común de gestionar las crisis de la agroindustria, pero es evidente que las enfermedades están relacionadas con los sistemas de producción en el espacio, en el tiempo y el modo, no sólo de unos actores específicos entre los que podemos hacer malabarismos.
Como clase, los coronavirus parecen estar a caballo entre ambas distinciones. Mientras que el SARS y el Covid-19 parecen haber surgido en los mercados húmedos, considerando aparte el tema de los cerdos, el MERS, el otro coronavirus mortal, surgió directamente en el sector de los camellos en los países en vías de industrialización en Oriente Medio. Es un camino hacia la virulencia de las enfermedades que en gran parte se ha dejado fuera de la discusión científica más amplia sobre estos virus.
Deberíamos cambiar nuestra forma de pensar sobre estos virus. Me gustaría que nos engañáramos al ver la causalidad de la enfermedad y la intervención más allá del objeto biomédico o incluso de la ecología de la salud y en el campo de las relaciones sociales. Otros enfoques se dirigen a salidas diferentes. Algunos investigadores recomiendan la ingeniería genética en las aves y el ganado para hacerlos resistentes a estas enfermedades. Pero no mencionan si eso permitiría que estas cepas siguieran circulando entre lo que serían animales en principio asintomáticos y los seres humanos, que evidentemente no habrían sufrido esa modificación genética.
Volviendo atrás, la que es una de las fuentes de mis intereses, hace nueve años escribí sobre los esfuerzos de la ingeniería genética de los patógenos que pasan por alto cuestiones muy primarias:
“Más allá de la viabilidad de los nuevos pollos obtenidos mediante ingeniería genética (frankenchicken), especialmente en los países pobres, el éxito en la transmisibilidad de la gripe se debe en parte a su capacidad para burlar y durar más que esas balas de plata. Las hipótesis relacionados con un modelo biólogo que resulte lucrativo se confunde habitualmente con las expectativas de la realidad, las expectativas se confunden con las proyecciones y las proyecciones con las predicciones”.
Un motivo de inquietud es la dimensión del problema. Incluso entre destacados estudiosos existe la idea de que la gripe es algo más que un mero virus o infección, que respeta poco los límites entre las distintas disciplinas ( y los planes de negocios) tanto en su forma como en su contenido. Los patógenos utilizan regularmente procesos que se generan en un determinado nivel de organización biocultural para resolver los problemas que se plantean en otros niveles, incluido el molecular.
El sector de los agronegocios miran hacia un futuro tecnoutópico para mantenernos en un mundo delimitado por las relaciones capitalistas. Estamos dando vueltas y más vueltas en los caminos ya trillados del modelo productivo y en busca de nuevas enfermedades, en primer lugar.
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La secreta emoción ( y el terror declarado) que sienten los epidemiólogos ante un brote no es más que una derrota disfrazada de heroísmo.
Casi toda la profesión está organizada actualmente en torno a tareas post hoc, como un mozo de cuadra con una pala siguiendo a los elefantes en un circo. En el programa neoliberal, los epidemiólogos y los centros de gestión de la salud pública reciben fondos para limpiar el desorden del sistema, racionalizando incluso las peores prácticas que conducen a la aparición de muchas epidemias mortales.
En un comentario sobre el nuevo coronavirus, un tal Simon Reid, profesor de control de enfermedades infecciosas de la Universidad de Queesland, ejemplifica la incoherencia resultante. Reid va de un tema a otro no logrando tejer un todo a partir de sus observaciones técnicas. Tal desatino no es necesariamente una cuestión de incompetencia o que tenga malas intenciones, se trata más bien de una cuestión de las contradictorias obligaciones de la universidad neoliberal. […]
Reid y otros epidemiólogos institucionales están por la labor de limpiar las enfermedades de origen neoliberal, sí, incluso fuera de China, mientras que se satisfacen con tópicos reconfortantes de que el sistema que les paga sí funciona. Es el doble juego con el que muchos profesionales han elegido vivir y prosperar, incluso si las epidemias resultantes amenazan a millones de personas.
Hay evidencias epidemiológicas a favor de esta hipótesis: treinta y tres de las 585 muestras recogidas en el mercado de Wuhan dieron positivo para el virus Covid-19, 31 de las cuales se concentraban en el extremo oeste donde se comercia con especies silvestres.
Por otro lado, sólo el 41% de estas muestras positivas se encontraron en los pasillos del mercado donde se venden las especies silvestres. Una cuarta parte de los primeros infectados nunca habían visitado el mercado de Wuhan o se les consideró como directamente expuestos. El primer caso fue identificado antes de que el mercado fuese marcado como origen de la infección. Algunos de los comerciantes infectados sólo venden carne de cerdo, una especie que expresa un receptor molecular vulnerable, lo que llevó a que un equipo formulase la hipótesis de que el cerdo podía ser la fuente del nuevo coronavirus.
En cuanto a la peste porcina africana, que supuso el sacrificio de la mitad de los cerdos de China el año pasado, esta última hipótesis supondría un gran fracaso. No son desconocidas tales convergencias entre las enfermedades, incluso dándose el caso de un reactivación recíproca íntima, en la que las proteínas de cada patógeno se catalizan mutuamente, facilitando nuevas vías de contagio y transmisión para ambas enfermedades.
Al mismo tiempo, la sinofobia occidental no exime al sistema de salud pública de China. Ciertamente se ha producido críticas y sentimientos de decepción entre los ciudadanos chinos por la lenta reacción de las autoridades locales y federales ante la infección, pero que no puede ser motivo para instrumentalizar la xenofobia. Y en nuestros esfuerzos para mantenernos fuera de esta trampa, también estamos perdiendo la perspectiva de una crítica agroecológica.
Dejando de lado la guerra cultural, los mercados húmedos y los alimentos exóticos son algo básico en China, como lo es ahora la producción industrial, yuxtapuestos lo uno a lo otro desde la liberalización de la economía en la época post-Mao. De hecho, los dos modos de alimentación pueden integrarse mediante el aprovechamiento de la tierra.
La expansión industrial puede ahondar en una cada mayor explotación de los espacios primarios, extrayendo una mayor variedad de patógenos especialmente propensos a generar pandemias. Las áreas periurbanas en creciente expansión y el aumento de la densidad de población pueden aumentar la interacción entre las poblaciones silvestres y unos espacios rurales recientemente urbanizados.
En todo el mundo, incluso las especies más salvajes están siendo introducidas en las cadenas de comercialización de la agroindustria: entre ellas se encuentran las avestruces, los puerco espines, los cocodrilos, los murciélagos frugívoros y la civeta de las palmeras, cuyas bayas parcialmente digeridas ahora suministran los granos de café más caros del mundo. Algunas especies silvestres están siendo consumidas incluso antes de que sean identificadas científicamente, incluyendo un nuevo cazón de nariz corta que se ha encontrado en un mercado de Taiwán.
Todas ellas son tratadas cada vez más como productos alimenticios. A medida que la naturaleza es despojada de sus espacios, de especie por especie, lo que queda se vuelve mucho más valioso.
El antropólogo weberiano Lyle Fearnley dijo que los agricultores de China manejan la distinción entre lo silvestre y lo domesticado como un significante de carácter económico, produciendo así nuevos significados y valores vinculados con sus animales, incluso en respuesta a las mismas alertas epidemiológicas que se relacionan con su comercio. Un marxista podría olvidar el hecho de que estos significantes surgen en un contexto que se extiende mucho más allá del control de los pequeños agricultores y se extiende a los circuitos mundiales de capital. Por lo tanto, aunque la distinción entre las granjas industriales y los mercados húmedos no carece de importancia, no debemos de olvidar sus similitudes (y relaciones dialécticas).
Las distinciones se complementan con otros mecanismos. Muchos pequeños avicultores de todo el mundo, incluidos los de China, son en realidad contratados que crían aves de corral en muy poco tiempo para formar parte de los procesos de elaboración industrial. Así que los animales de las pequeñas explotaciones de estos asalariados que pueden encontrarse cerca del borde de un bosque pueden contraer un patógeno antes de ser enviados a la planta de elaboración que se encuentra en la zona periurbana de una gran ciudad.
La expansión de las granjas industriales, que pertenecen cada vez más a grandes corporaciones, puede obligar a adentrarse más en el bosque, aumentando las probabilidades de entrar en contacto con un nuevo patógeno, reduciendo al mismo tiempo la complejidad ambiental con la que los bosques interrumpen las cadenas de transmisión.
“La secreta emoción ( y el terror declarado) que sienten
los epidemiólogos ante un brote no es más que
una derrota disfrazada de heroísmo”.
El capital convierte en armas los resultados de las investigaciones sobre las enfermedades. Culpar ahora a los pequeños agricultores y ganaderos es una práctica muy común de gestionar las crisis de la agroindustria, pero es evidente que las enfermedades están relacionadas con los sistemas de producción en el espacio, en el tiempo y el modo, no sólo de unos actores específicos entre los que podemos hacer malabarismos.
Como clase, los coronavirus parecen estar a caballo entre ambas distinciones. Mientras que el SARS y el Covid-19 parecen haber surgido en los mercados húmedos, considerando aparte el tema de los cerdos, el MERS, el otro coronavirus mortal, surgió directamente en el sector de los camellos en los países en vías de industrialización en Oriente Medio. Es un camino hacia la virulencia de las enfermedades que en gran parte se ha dejado fuera de la discusión científica más amplia sobre estos virus.
Deberíamos cambiar nuestra forma de pensar sobre estos virus. Me gustaría que nos engañáramos al ver la causalidad de la enfermedad y la intervención más allá del objeto biomédico o incluso de la ecología de la salud y en el campo de las relaciones sociales. Otros enfoques se dirigen a salidas diferentes. Algunos investigadores recomiendan la ingeniería genética en las aves y el ganado para hacerlos resistentes a estas enfermedades. Pero no mencionan si eso permitiría que estas cepas siguieran circulando entre lo que serían animales en principio asintomáticos y los seres humanos, que evidentemente no habrían sufrido esa modificación genética.
Volviendo atrás, la que es una de las fuentes de mis intereses, hace nueve años escribí sobre los esfuerzos de la ingeniería genética de los patógenos que pasan por alto cuestiones muy primarias:
“Más allá de la viabilidad de los nuevos pollos obtenidos mediante ingeniería genética (frankenchicken), especialmente en los países pobres, el éxito en la transmisibilidad de la gripe se debe en parte a su capacidad para burlar y durar más que esas balas de plata. Las hipótesis relacionados con un modelo biólogo que resulte lucrativo se confunde habitualmente con las expectativas de la realidad, las expectativas se confunden con las proyecciones y las proyecciones con las predicciones”.
Un motivo de inquietud es la dimensión del problema. Incluso entre destacados estudiosos existe la idea de que la gripe es algo más que un mero virus o infección, que respeta poco los límites entre las distintas disciplinas ( y los planes de negocios) tanto en su forma como en su contenido. Los patógenos utilizan regularmente procesos que se generan en un determinado nivel de organización biocultural para resolver los problemas que se plantean en otros niveles, incluido el molecular.
El sector de los agronegocios miran hacia un futuro tecnoutópico para mantenernos en un mundo delimitado por las relaciones capitalistas. Estamos dando vueltas y más vueltas en los caminos ya trillados del modelo productivo y en busca de nuevas enfermedades, en primer lugar.
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La secreta emoción ( y el terror declarado) que sienten los epidemiólogos ante un brote no es más que una derrota disfrazada de heroísmo.
Casi toda la profesión está organizada actualmente en torno a tareas post hoc, como un mozo de cuadra con una pala siguiendo a los elefantes en un circo. En el programa neoliberal, los epidemiólogos y los centros de gestión de la salud pública reciben fondos para limpiar el desorden del sistema, racionalizando incluso las peores prácticas que conducen a la aparición de muchas epidemias mortales.
En un comentario sobre el nuevo coronavirus, un tal Simon Reid, profesor de control de enfermedades infecciosas de la Universidad de Queesland, ejemplifica la incoherencia resultante. Reid va de un tema a otro no logrando tejer un todo a partir de sus observaciones técnicas. Tal desatino no es necesariamente una cuestión de incompetencia o que tenga malas intenciones, se trata más bien de una cuestión de las contradictorias obligaciones de la universidad neoliberal. […]
Reid y otros epidemiólogos institucionales están por la labor de limpiar las enfermedades de origen neoliberal, sí, incluso fuera de China, mientras que se satisfacen con tópicos reconfortantes de que el sistema que les paga sí funciona. Es el doble juego con el que muchos profesionales han elegido vivir y prosperar, incluso si las epidemias resultantes amenazan a millones de personas.
Reid recoge aquella parte de la explicación para Covid-19 relacionado con el sistema alimentario (y muchos de sus célebres precursores de la serie de los reality shows epidemiológicos que se han realizado hasta el momento). Pero al introducir esta protopropaganda propone, parafraseando, que “Este horror tiene una gracia salvadora”, y es que “China ha sido fuente de reiterados brotes infecciosos, pero ella y la OMS ahora se han unido al filantropismo, llevando a cabo un control biológico ejemplar”.
Debemos rechazar la sinofobia, ofrecer un apoyo material y todavía recordar que China encubrió el brote de SARS en 2003. Beijing censuró la información de los medios de comunicación y de salud pública, permitiendo que ese coronavirus se extendiese fuere de su país. Las autoridades médicas de una provincia al aparecer el brote no sabían a qué se enfrentaban de repente sus pacientes en las salas de emergencia. El SARS se extendió finalmente a varios países hasta Canadá y a duras penas se le pudo contener.
Entretanto, el nuevo sigo se ha caracterizado por el fracaso o la negativa de China a entender su responsabilidad en la tormenta casi perfecta por el sistema de producción de arroz, patos y otras aves de corral y la producción industrial de cerdos, lo que ha provocado múltiples cepas nuevas de gripe. Será el precio que hay que pagar por el progreso.
Sin embargo, no se trata de un excepcionalismo chino. Los Estados Unidos también han servido en la aparición de nuevas gripes, recientemente N5N2 y H5Nx, y sus multinacionales y representantes neocoloniales han impulsado el surgimiento del Ébola en África occidental y del Zika en Brasil. Los responsables de la salud pública de los Estados Unidos protegieron los agronegocios durante los brotes de H1N1 (2009) y N5N2.
Tal vez deberíamos abstenernos de elegir entre uno de los dos ciclos de acumulación de capital: el final de ciclo americano o el comienzo del chino ( o, como parece hacer Reid, ambos). A riesgo de ser acusados de una tercera vía, no elegir ninguno de los dos es otra opción.
Si debemos participar en el Gran Juego, escojamos un ecosocialismo que resuelva la ruptura metabólica entre la ecología y la economía, y entre lo urbano y lo rural y silvestre, evitando que surja lo peor de estos nuevos patógenos. Elijamos la solidaridad internacional entre la gente común de todo el mundo.
Elijamos un socialismo lejos del modelo soviético. Tracemos juntos un nuevo sistema mundial, donde prime la liberación indígena, la autonomía de los agricultores, la reconstrucción estratégica y una agroecología específica de cada lugar, redefiniendo la bioseguridad, reintroduciendo el cortafuegos de la biodiversidad en el ganado, las aves de corral y los cultivos.
Debemos rechazar la sinofobia, ofrecer un apoyo material y todavía recordar que China encubrió el brote de SARS en 2003. Beijing censuró la información de los medios de comunicación y de salud pública, permitiendo que ese coronavirus se extendiese fuere de su país. Las autoridades médicas de una provincia al aparecer el brote no sabían a qué se enfrentaban de repente sus pacientes en las salas de emergencia. El SARS se extendió finalmente a varios países hasta Canadá y a duras penas se le pudo contener.
Entretanto, el nuevo sigo se ha caracterizado por el fracaso o la negativa de China a entender su responsabilidad en la tormenta casi perfecta por el sistema de producción de arroz, patos y otras aves de corral y la producción industrial de cerdos, lo que ha provocado múltiples cepas nuevas de gripe. Será el precio que hay que pagar por el progreso.
Sin embargo, no se trata de un excepcionalismo chino. Los Estados Unidos también han servido en la aparición de nuevas gripes, recientemente N5N2 y H5Nx, y sus multinacionales y representantes neocoloniales han impulsado el surgimiento del Ébola en África occidental y del Zika en Brasil. Los responsables de la salud pública de los Estados Unidos protegieron los agronegocios durante los brotes de H1N1 (2009) y N5N2.
Tal vez deberíamos abstenernos de elegir entre uno de los dos ciclos de acumulación de capital: el final de ciclo americano o el comienzo del chino ( o, como parece hacer Reid, ambos). A riesgo de ser acusados de una tercera vía, no elegir ninguno de los dos es otra opción.
Si debemos participar en el Gran Juego, escojamos un ecosocialismo que resuelva la ruptura metabólica entre la ecología y la economía, y entre lo urbano y lo rural y silvestre, evitando que surja lo peor de estos nuevos patógenos. Elijamos la solidaridad internacional entre la gente común de todo el mundo.
Elijamos un socialismo lejos del modelo soviético. Tracemos juntos un nuevo sistema mundial, donde prime la liberación indígena, la autonomía de los agricultores, la reconstrucción estratégica y una agroecología específica de cada lugar, redefiniendo la bioseguridad, reintroduciendo el cortafuegos de la biodiversidad en el ganado, las aves de corral y los cultivos.
Consideremos las opciones de otra manera.
Tal vez he sido injusto con los Reids de este mundo, que por obligación profesional deben creer en sus propias contradicciones. Pero como lo demuestran los quinientos años de guerras y pestes, las fuentes de capital a las que muchos epidemiólogos sirven ahora están dispuestas a escalar montañas forradas con bolsas para cadáveres.
Tal vez he sido injusto con los Reids de este mundo, que por obligación profesional deben creer en sus propias contradicciones. Pero como lo demuestran los quinientos años de guerras y pestes, las fuentes de capital a las que muchos epidemiólogos sirven ahora están dispuestas a escalar montañas forradas con bolsas para cadáveres.
El autor de este artículo es el autor del libro “Las grandes explotaciones agropecuarias fabrican las epidemias de gripe” (Big Farms Make Big Flu)
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